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La casa de la portera: teatro en primer plano

Pese al tremendo varapalo que la crisis ha supuesto para prácticamente todas las actividades artísticas y culturales, el mundo del teatro, aun siendo uno de los más afectados, se las ha apañado para hacer en cierta medida de su capa un sayo gracias a la popularización de las salas del circuito alternativo. Aunque lleva mucho tiempo entre nosotros, este tipo de teatro ha florecido al paradójico calor de los malos tiempos, en los que el ahorro impone su ley. Sin embargo, su bajo coste no es su principal virtud: muchas de las propuestas que se engloban bajo esta difusa denominación ofrecen ideas refrescantes y de gran calidad, al margen del precio de la entrada.

El teatro “íntimo”, representado en espacios reducidos para sólo un puñado de espectadores, encuentra en Madrid su máxima expresión en La casa de la portera, una auténtica portería cuyas habitaciones hacen las veces de escenario y patio de butacas. El contacto entre el público y los actores no puede ser mayor: a sólo unos centímetros de distancia, no hay detalle que pase desapercibido, todo se ve, se oye e, incluso, se huele.

En este tipo de funciones “in-house”, la extrema proximidad hace posible una conexión total del espectador con la ficción que se representa ante él. Frente a propuestas como las del teatro participativo u otras formas más agresivas de saltarse la cuarta pared (por ejemplo, en el estilo de La fura dels baus), aquí puede uno olvidarse de sí mismo y sumergirse en una historia que le rodea por completo, convirtiéndose así no en partícipe, sino en el espectador total. La cercanía física de la que sería la experiencia teatral por excelencia, se une a un tipo de cercanía que solemos considerar exclusiva del cine: el primer plano, pero un primer plano que respira a pocos centímetros de nuestros ojos, que podríamos tocar con solo alargar la mano.

Trinidad, una de las obras en cartel en La casa de la portera durante el mes de noviembre, es una perfecta muestra de esta forma de hacer teatro. Se trata de una historia de amor entre mujeres atrapadas en el opresivo contexto social de la España de los años sesenta. Su encierro, físico y emocional, se enmarca perfectamente en el reducido espacio que el público comparte con los personajes. Ni que decir tiene que el trabajo de los intérpretes es absolutamente fundamental en una función de estas características, donde poco se puede ocultar. Las actrices de Trinidad responden a este escrutinio con interpretaciones asombrosas, en las que alternan la pasión y la emotividad con la contención, en armonía con las exigencias del texto. Cabe destacar también el excelente manejo del pequeño espacio escénico, que impone sus propias reglas. Quien busque una experiencia única, conmovedora y estimulante, tiene en La casa de la portera una gran oportunidad de disfrutar de un teatro diferente; seguro que no se arrepentirá.

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