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Opinión, Portada, Sociedad

¿Cuántas horas habría que pasar frente a la televisión para salir de la pobreza?

La profesora Eliana La Ferrara constata la influencia de las series televisivas a la hora de modificar creencias, normas sociales y conductas.

El pasado miércoles, en la Fundación BBVA, la titular de la cátedra de Economía del Desarrollo de la Fundación Romeo y Enrica Invernizzi, de la universidad Bocconi de Milán, extrajo conclusiones en su ponencia “Medios de comunicación de masas y cambio social: ¿podemos usar la TV para combatir la pobreza?”.

Un estudio puso de manifiesto que el acceso a la televisión en el África subsahariana se multiplicó por cinco en los últimos años mientras que, en el mismo periodo, el número de mujeres graduadas en educación secundaria solo aumentó el doble. Visto el papel que juega la televisión comercial -aquella centrada en el entretenimiento sin un propósito determinado-, se decidió generar productos educativos con el fin de hacer evaluaciones experimentales que deriven en políticas de desarrollo, puesto que hay un impacto en cuanto a información sobre el entorno y las oportunidades conforme se ven estilos de vida diferentes, variando las opciones de comportamiento. Y es que se comprobó que existe una correlación entre la difusión televisiva y la tendencia socio-económica de los espectadores: más horas frente al televisor implicaron más conocimiento del sida y, a su vez, una orientación preventiva o combativa ante casos propios o cercanos. Por otro lado, se da una menor aceptación de la violencia doméstica entre quien se preocupa de recibir información (o tal vez sea al revés: se compra televisor quien es más permeable al conocimiento).

Puesto que la intensidad de la señal está condicionada por el perfil geográfico, hay áreas oscuras donde se reciben con dificultad las ondas de televisión o de radio, y es en estas zonas de bloqueo informativo natural donde cabría preguntar: ¿existe un cambio en la conducta respecto a los lugares donde sí hay cobertura? En Brasil se analizó la evolución de la tasa de natalidad desde que en los años 60 comenzó la teledifusión, comprobando que de los seis hijos de media se pasó a tres en 1991, y a dos en 2010. Conclusión: la llegada de las telenovelas -centradas en pequeños núcleos familiares con un papel destacado de mujeres emancipadas- supuso una tendencia a la baja en cuanto a descendencia. Así, la señal de red de Globomedia adquirió una magnitud comparable a formar a la mujer en 1’6 años más, causando efecto en las menos educadas, las más pobres. Además, se observó que los veinte nombres más populares de las telenovelas fueron inspiración para ponérselos a los hijos.

Otro experimento relacionado con las ondas se efectuó en la India en 2009, cuando llegó la televisión por cable: aumentó el grado de autonomía de la mujer y se modificó la actitud de género en las aldeas donde llegaba la señal, teniendo un efecto inmediato a la hora de educar a los hijos y combatir la violencia de género. El reality show “16 años y gestante” alcanzó elevadas cotas de popularidad, viéndose el efecto causado en el público adolescente al reducirse un tercio los embarazos no deseados. Hay, por tanto, una conexión entre lo que la televisión muestra y la actitud de la población en ese campo, lo que deriva no solo en un cambio a nivel de conocimiento, sino también de actitud social. Por tal motivo interesa sacar beneficio de esta influencia mediante programas de entretenimiento desarrollados con un fin educativo, con la pretensión de buscar conductas deseables y desalentar aquellas que no lo son. En los 60, la telenovela “Simplemente María” inspiró masivamente a las costureras de Sudamérica para esforzarse y medrar en la vida… Y es que, según la teoría de Albert Bandura, existe un aprendizaje social: además del aporte vivencial, la experiencia ajena puede ser incorporada al propio proceder. Si un personaje se parece a ti, al ver que él puede, tú también. La influencia se ve magnificada cuando el televidente se equipara, por edad, a alguno de los personajes principales del serial, influyendo en la movilización social.

Por otro lado, los investigadores Berg y Zia estudiaron, en 2013, cómo un programa destinado a la educación en gestión financiera en Sudáfrica influía favorablemente en la muestra de población que lo visualizó, frente a los que no lo hicieron: ampliaron conocimiento y modificaron conducta. En él, se mostraban opciones ante casos de endeudamiento, apareciendo un teléfono gratuito de asesoramiento del que los televidentes hicieron uso. Pero el efecto fue temporal: a los dos meses de ver el programa apenas tenía influencia sobre ellos y, pasados dos más, se había desvanecido. Conclusión: si fuera una “vacuna de conocimiento” habría que hacer recuerdos…

Siguiendo esta línea, en la India se proyectó un programa de 25 minutos relativo a la garantía del empleo rural, aumentando el saber de los televidentes en este campo, pero al analizar las percepciones se distorsiona el objetivo: creyeron que habían aumentado el empleo y las mejoras en las condiciones familiares. Y es que se identifican con el personaje, obviando la realidad económica. Es un efecto virtual de lavado de cerebro por el que parece que conocen, pero no utilizan lo supuestamente aprendido.

Por su parte, Paluck y Green trataron el tema de la reconciliación en Ruanda, que derivó en que los telespectadores podían hablar abiertamente sobre los traumas y se produjo una apertura ante las distintas creencias.

En Nigeria se diseñó “Shuga”, una serie rodada en África con el fin de reducir las situaciones sexuales de riesgo y la violencia de género. Con un público objetivo de 15-25 años que gusta de frecuentar bares, se muestran las consecuencias de ocultar que son seropositivos y el abuso de hombres ricos sobre chicas jóvenes a las que demandan sexo. Se mostró en zonas periurbanas y dio como resultado una mejora en la información y en un cambio de creencias: el 66 % de los espectadores opinó que, si se encontrara en situación de riesgo, se lo comunicaría a su pareja. Actualmente el estudio sigue en curso, pero se espera que la tendencia derive en reducción de la promiscuidad con hombres mayores, disminución de conductas de riesgo potenciadas por la fidelidad, menor violencia doméstica y merma en los casos de contracepción.

En definitiva: los espacios televisivos son efectivos, aunque con matices. Hay factores a considerar no contemplados hasta el momento: ¿cuál es el grado de interacción familiar que suscita un visionado en grupo?, ¿fomenta la comunicación?; ¿cuántas horas habría que pasar frente a la televisión para salir de la pobreza?, porque las horas dedicadas a la pasividad telespectadora -aunque de ella se espere un cambio- anula la interacción social o actividad de otra índole. Y otro punto pendiente de análisis: ¿qué es más eficaz, un anuncio publicitario profesional o la inserción de una trama educativa en un serial televisivo? Hay que diseñar mecanismos estratégicos referidos a la tradición y redes sociales. Combinar la educación tradicional con libros y televisión, esa es la cuestión…

Acerca de Belén Hurtado Secades

- Apasionada de las letras y defensora del español. - Sostenibilidad, consumo responsable, medio ambiente... mis valores "naturales". - Comunicación, emoción y pensamiento: aprendizaje contiuo.

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