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Arganzuela en pretérito, Portada

La Plaza del General Maroto.

La Plaza del General Maroto.

La Plaza del General Maroto está situada demasiado cerca del Matadero de Madrid, lamentablemente contigua a la Calle Jaime El Conquistador y desgraciadamente próxima a Guillermo de Osma. Todos lugares mucho más conocidos que La Plaza del General Maroto.

Las plazoletas y sus monumentos son en su mayoría antiestéticos. Obedecen más a los caprichos y gustos horteras del político de turno, o si no a las prebendas que este quiere pagar a su arquitecto y amigo preferido. Corruptelas por un lado y mal gusto analfabeto por otro que hacen que aparezcan como setas expresiones arquitectónicas que poco o nada tienen que ver con el nombre de la vía que tratan de honrar.

Quiero decir, anodinos y demasiado alejados de lugares comunes con quien le da nombre. El General Maroto no era un cualquiera, merecía algo más que un bienintencionado pilón o lo que sea que afea susodicha plaza. Si además nos hacemos cargo que la plaza es mutilada por el transcurrir del conocidísimo Paseo de la Chopera, podemos entender el por qué esa plaza dice tan poco a los vecinos de Arganzuela.

No es difícil sin embargo toparse con ella. Tanto si tu dirección es Glorieta de Pirámides como Legazpi en su sentido contrario. Por la Plaza del General Maroto pasas sí o sí. Pongo en duda aún así que tú, lector, sepas ahora mismo dónde se encuentra esta plaza si no es por las señas que ya has leído hasta ahora.

Es una plaza cuya construcción tuvo sus motivaciones en la lógica necesidad de aportación de una solución viaria. Y es que desde el Paseo de la Chopera uno puede seguir camino vía Jaime El Conquistador o Guillermo de Osma, confluyendo o naciendo ambas en la Plaza del General Maroto. Desde ahí te aproximarás al centro de Madrid, pasando por Atocha seguramente o Sol si desvías el tiro y dirección de tu marcha.

Creo que esta plaza merece algo más de lo que ya tiene, que es más nada.

General Rafael Maroto Yserns

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Rafael Maroto Yserns. El general de la Guerra de las Naranjas, de la Guerra de la Independencia y del abrazo de Vergara con el que se puso fin a la primera de las Guerras Carlistas. Ese fue el general Rafael Maroto. Todo un militar. Todo un español. Sea lo que sea lo que significa eso.

Nuestro general nació en Lorca, (Murcia), el 15 de Octubre de 1783, y murió en Chile a los 69 años, el 25 de Agosto de 1853. Fue Rafael Maroto un militar de esos que causan bajas en el enemigo con su sola presencia. Me fijo en el retrato del pintor francés del siglo XIX Raymond Monvoisin. En dicho retrato se nos presenta un Maroto de rostro duro y confiado, pelo azabache muy poblado pero queriendo retirarse como así hizo al final de sus días. Un hombre recio de facciones angulosas y tenaces. Aparece en dicho retrato junto a su nieta Margarita Borgoño. La mirada de Rafael Maroto es la que imagino negociando la paz en Oñate junto a Espartero. Hijo y nieto de militar. Muy preciado por todos a los que sirvió en armas y por aquellos junto a los que combatió. Calificado por estos como soldado valeroso y eficaz y oficial clarividente e ingenioso. Dicen los libros de historia que allí donde tuvo oportunidad y obligación de cargo demostró honor, maestría, carácter y aseguran: compromiso con su patria.

La vida militar de Rafael Maroto comenzó pronto. Ya a los 18 años participó en la breve Guerra de las Naranjas. Conflicto breve que enfrentó a Portugal contra Francia y España en 1801. No cabe más mención aquí que el nombre de Guerra de las Naranjas, atribuido según relatan por la gracia o gracieta del nombre, político y favorito de Carlos IV, Manuel Godoy. Teniendo este sitiada la ciudad de Elvas, decidió construir unas angarillas que permitiera lucir en lo alto a su amante Doña Maria Luisa de Parma. Fue a la entrada de dicha ciudad según cuentan donde Godoy decidió regalar a “su” reina un ramo de naranjas. Y es de ahí donde dicho conflicto tomó nombre.

Pero si realmente debemos conocer y reconocer a Rafael Maroto como militar, — por ser hecho histórico con independencia de la justifica de sus causas y motivaciones —, fue por el convenio que en Oñate, (Navarra), firmó junto con el general isabelino Espartero el 31 de agosto de 1839, poniendo fin a la primera de las Guerras Carlistas.

Guerras Carlistas, (1833-1840): Guerra civil entre los carlistas, (partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y de un régimen absolutista), y los isabelinos, defensores de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón.

El abrazo de “Vergara”

abrazo-vergara

La firma del “Convenio de Vergara” y su posterior refrenda mediante el conocido “Abrazo de Vergara”, (Entre Rafael Maroto y Espartero), no fue de fácil consecución. Las negociaciones fueron complicadas, mucho. Maroto representaba al bando carlista, que defendía el derecho del hermano del padre de Isabel II, Fernando VII. Espartero defendía posiciones isabelinas, que entendían que la línea sucesoria obligaba a reinar a Isabel II.

Si este acuerdo fue posible fue en parte gracias a los ingleses. Hay que tener en cuenta que la mayor parte del conflicto se desarrolló en la zona norte de España. Fue gracias a Lord John Hay, — jefe de la escuadra británica que fondeaba en la zona marítima situada frente a Bilbao —, que durante 3 años estuvo sondeando y propiciando el acuerdo entre ambos generales y que no llegaría hasta 1840.

El “Convenio de Vergara” o “Abrazo de Vergara” toma nombre de las campas donde se reunieron ambos ejércitos con sus generales al frente. Existe un documento top0ográfico de gran valor donde viene detallada la disposición de ambos ejércitos y el punto exacto donde se produjo el abrazo, que así contaba Maroto:

“…pusieron luego sus armas en pabellones, se mezclaron libre y alegremente las tropas y quedó sellada la paz con el mayor contento y armonía ¡Soldados nunca humillados ni vencidos, depusieron sus temibles armas ante las aras de la patria; cual tributo de paz olvidaron sus rencores y el abrazo de fraternidad sublimó tan heroica acción…tan español proceder!”

Es por todas estas generalidades y unos detalles que recomiendo sean leídos lo que hace de La Plaza del General Maroto una plaza injustamente ornamentada.

¿Qué costaría situar información y placas identificativas que llevaran al paseante y al curioso, al curtido y al estudioso a ahondar más en nuestra propia historia?

Poner un nombre a una vía es un bonito homenaje, que dura exactamente lo que dura la inauguración si no le damos mayor y mejor recorrido.


 

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